FRANCISCO DE QUEVEDO DESDE LA TORRE DE JUAN ABAD José María Lozano Cabezuelo
PRÓLOGO
“Junto pañales y mortaja: Quevedo o la historia de un pleito”.
Para Quevedo, Torre de Juan Abad –la Torre de Juan Abad, como se decía entonces- fue sucesivamente deudora, prisión, estudio, jardín apacible, tragicómica y ocasional hospedería regia, lodazal anegado y retiro definitivo.
Allí va a refugiarse, a la Torre, en las estribaciones de Sierra Morena, a la linde de la “lejanía inaccesible” de La Mancha, en palabras de Azorín de La ruta de don Quijote.
Torre de Juan Abad fue el otro Góngora de don Francisco, un Góngora que esta vez se le resistió más allá de la muerte.
ORIGEN DE LA VINCULACIÓN. LA MADRE DE QUEVEDO
Cuando Felipe II decide despojar de privilegios y reducir a Gobernaciones los territorios que habían sido de las Ordenes Militares, la Torre de Juan Abad, pasa a depender en lo administrativo, el 8 de febrero de 1566, de Villanueva de los Infantes.
La villa de la Torre, no se avino a ello y para conservar su secular autonomía hubo de eximirse de la jurisdicción de Gobernador de Villanueva de los Infantes, mediante el abono a la Hacienda Real de 2.598.000 maravedíes, aportados entre 1589 y 1590. El privilegio de exención real fue despachado el 16 de julio de 1597.
Para conseguir tales cantidades la Torre tuvo que recurrir al préstamo a través del llamado censo. Los vecinos, con el fin de evitar los muchos daños ante tanto censo, facultan a su regidor para que reduzca a uno solo tres de los seis préstamos que tenian. María de Santibáñez, madre de Quevedo, servidora de Palacio en su condición de dama de la Reina, tuvo conocimiento de ello y reúne en un solo censo tres de los préstamos antes mencionados, con fecha 24 de noviembre de 1598, y entrega a la villa la cantidad de 3.084.500 maravedíes.
Pero la Torre no pagaba prácticamente ninguno de los plazos a que venía obligada. Muere la madre el 7 de diciembre de 1600 y Quevedo, en su condición de heredero, trató de cobrar las deudas de aquella herencia familiar para mil disgustos, la razón de al menos veintidós pleitos conocidos.
Quevedo, batallador (“de natural belicioso”, según propia expresión), en el mes de enero de 1609 pide y logra del Consejo de Castilla un mandamiento de pago contra la villa. En el mes de mayo llega a la Torre el licenciado Jerónimo Pérez Sarmiento, teniente del Corregidor de Ciudad Real, para hacer cumplir la requisitoria; pero los vecinos con los alcaldes, regidores y oficiales de cuentas, se le escapaban como anguilas, y el licenciado no puede hacer nada.
AQUÍ COBRO ENFERMEDADES, QUE NO RENTAS NI TRIBUTOS
Después de varias vicisitudes que le ocupan durante el primer trimestre de 1610, tiempo en el que acusa el Corregidor de Ciudad Real de negligencia, Quevedo, viaja por primera vez a la Torre a finales de la primavera con el juez de alzadas de Toledo. Éste, tratando de cobrar, apretaba las clavijas a los alcaldes y justicias torreños, los cuales, se comprometen en escrituras públicas a pagar cierta cantidad anual, pero se les olvida pronto.
Define así Quevedo, aquellas prácticas en La Providencia de Dios; “Facineroso y devoto no sale de la iglesia, el uno por asegurar sus maldades y el otro por curarse de ellas”.
Partió para Madrid, donde nada más llegar muestra su estado de ánimo:
De aquí volví a mis estados: éste sí es lindo puro.
Aquí cobro enfermedades, que no rentas ni tributos,
De Madrid salí, y de juicio; Y, sin dinero y sin gusto, vuelvo triste y enlutado, como misa de difuntos.
En 1611 una Real Provisión le comisiona para que por el plazo de un año administre los propios y rentas de la Villa. Compone, posiblemente, el romance “Heros y Leandro en paños menores”:
Moza de una venta que la Torre llaman navegantes cuervos porque en ella paran.
Decide no regresar a Madrid y alargar su estancia en la Torre de Juan Abad, por ver si cobraba algo. En abril y mayo de 1612 firma algunos documentos notariales y finaliza ciertas tareas literarias. Remite al Duque de Osuna, El mundo por de dentro, unos de sus Sueños. En la Aldea, abril 26 de 1612.
Será un hábito elegante de Quevedo firmar sus obras y decir que las envía desde “la aldea”. Dirige, el 12 de noviembre, Secretos de la verdad. Doctrina del conocimiento propio y del desengaño de las cosas ajenas (en 1633 refundió completamente la obra, dándole por título La cuna y la sepultura).
Y ES AQUÍ DONDE ME HALLO, PUES ANDABA ALLÁ PERDIDO
Francisco de Quevedo, con resignación ante su precaria situación económica, exclama: “si soy pobre en mi vivir y de mil males cautivo, más pobre nací que vivo, y más pobre he de morir”, con voz distinta contesta a un amigo de Madrid que le preguntaba qué diablos hacía en este lugar:
Yo me salí de la Corte a vivir en paz conmigo; que bastan treinta y tres años que para los otros vivo.
Si me hallo, preguntáis, en este dulce retiro, y es aquí donde me hallo, pues andaba allá perdido.
No nos engaitan le vida cortesanos laberintos, ni la ambición ni soberbia tienen por acá dominio.
Por acá Dios sólo es grande, porque todos nos medimos con lo que habemos de ser, y ansí todos somos chicos.
Los taberneros de acá no son nada llovedizos, y así se hallará antes polvo que humedades en el vino.
El tiempo gasto en la eras, mirando rastrar los trillos, y, de hecho hormiga, no salga de entre montones de trigo.
Las mujeres de esta tierra tienen muy poco artificio; mas son de lo que las otras, y saben a lo mismo.
Las caras saben a caras, los besos saben a hocicos: que besar labios con cera es besar un hombre cirios.
Ésta, en fin, es fértil tierra de contentos y de vicios, donde engordan bolsa y hombre y anda holgado albedrío.
No hay aquí “mas, ¿qué dirán?; ni he llegado a sus vecinos “prometer y no cumplir”, ni el “pero”, ni “el otro dijo”.
De plata son estas breñas, de brocado estos pellicos, ángeles estas serranas, ciudades estos ejidos.
Muchas más cosas sobre la Torre nos dice este romance en el que Quevedo nos hace un guiño para la posteridad que recibimos encantados. El paisaje, la tierra, el pueblo en que el poeta vive la confortará, y a su vez, el poeta recreará ese paisaje. Y Quevedo creará tambien su Torre, la recreará con su palabra. La redacción podría datarse en 1613, puesto que don Francisco confiesa tener 33 años. Queda probado que las relaciones de nuestro escritor estaban altamente deterioradas con la Villa, pero a nivel oficial, con sus Justicias. El buen concepto que le merecían los vecinos, el vino y el lugar, no puede expresarse más bellamente. Es el reverso de la medalla, la ingrata imagen de los pleitos interminables.
En ese estado de quietud y contemplación tiene lugar el gozoso trabajo intelectual. El 8 de mayo de 1613 dedica a otro de los grandes, el cardenal arzobispo de Toledo, Bernardo de Sandoval y Rojas, las Lágrimas de Hieremías castellanas. A mediados de año, o poco antes, Quevedo sufre ciertas crisis espiritual o moral, que le ocasiona un sentimiento profundo y doloroso de arrepentimiento. La mocedad disipada busca un apoyo en la religión. Decide, pues, acogerse a este rincón para, marcar etapas de meditación y recogimiento en su vida. Quiere dar voz a dicho sentimiento y escribe una serie de poemas, rotulados como salmos, que titula Lágrimas de un Penitente, y que dedica a su tía Margarita de Espinosa, hermana de su madre, finalizando con; ”Dios Nuestro Señor me dé su gracia. Torre de Juan Abad, 3 de Junio, 1613”.
TODA LA SANGRE ES COLORADA
En septiembre de aquel año de 1613 se marchó para Sicilia, invitado por su amigo Pedro Téllez de Girón, III duque de Osuna, virrey por entonces de aquella isla. A lo largo de seis años, Quevedo se dedicó a la actividad diplomática y política, sirviendo al duque de agente y confidente.
Vuelve Quevedo enriquecido de Italia, compra a todos los acreedores las deudas que tenían contra la Torre de Juan Abad, hasta sumar un principal de 4.333.100 maravedíes, y se subroga en los derechos de todos ellos. En febrero de 1620, se halla don Francisco de nuevo en la Torre, donde apenas puede cobrar algunas cantidades de sus censos a determinados vecinos.
Para intentar remediar el desbarajuste de su hacienda pide el 2 de abril al Consejo de Castilla que se venda la jurisdicción de la Villa y otros cualesquier bienes propios y rentas de ella para cobrarse débitos. La Villa trata inútilmente de defenderse y el Consejo Real dicta el 2 de julio de 1620 que la Torre tiene 60 días para pagar lo que se debe a Quevedo, y que si no, se venderán bienes, rentas, propios y jurisdicción.
De este auto interpone suplicación la Torre de Juan Abad, alegando entre otras razones que “la dicha villa no sería sujeta a jurisdicción ajena, siendo villa noble y principal y de las más antiguas de la Mancha”, según consta en la ejecutoria de este pleito, dada en Madrid a cinco días del mes de diciembre de mil seiscientos y veinte años (Archivo de Simancas. Registro general del Sello de Castilla, 1620, diciembre). La Torre concluye diciendo que “se había de revocar el dicho auto y denegar al dicho Don Francisco de Quevedo la pretensión que tenía”.
Demuestra don Francisco que sólo de los réditos de los censos le debían ya ciento veinte mil reales. Y al no haber cumplido la Torre con lo dispuesto en la mencionada carta ejecutoria, el 18 de marzo de 1621 se pregona la venta de la Villa, que adquirió Alonso Messía de Leyva, vecino de Segura de Sierra, en 1.500.000 maravedíes, quien entregó a su amigo Francisco de Quevedo esa cantidad para pago de los que la Villa le debía; pero luego el testaferro vende, renuncia y traspasa a Quevedo la jurisdicción, pasando el escritor de simple hidalgo a intitularse a partir de entonces Señor de la Villa. Redondeaba tal señorío las vanidades que siempre tuvo don Francisco, pues aún cuando escribiera alguna vez que “toda la sangre es colorada”, presumía de que azuleara la suya linajuda, presunción que sancionó el monarca concediéndole el hábito de Santiago a finales de 1617 por los trabajos y desvelos con que don Francisco anduvo en Italia al servicio deSu Majestad y su real patrimonio.
ME TIENE EN PRISIÓN Y DESTIERRO
MÁS LO DESAPACIBLE DE MI VERDAD
QUE MIS DELITOS
El de Osuna es destituido y llamado a Madrid en 1620. Pierde el favor del rey, y finalmente es encarcelado con el pretexto de ciertas maniobras políticas. Quevedo se ve arrastrado por la caída del duque y se le destierra de la Corte por dos años, desde marzo de 1621, dándole por cárcel su Torre de Juan Abad, con orden de “no salir de ella en sus pies ni en ajenos sin licencia”.
Termina la Política de Dios y Gobierno de Cristo, normas de gobierno sacadas de los textos evangélicos, de acuerdo, sobre todo, con el ejemplo de Cristo.
Nuestro Quevedo, tan dado a la política –a la de Dios y a la de los hombres-, a la que buscó tres pies, topa con el cuarto, el 5 de abril, es la fecha de una de las dedicatorias, “preso en mi villa de Iuan Abad, dice el Rey: “Verá que mis caminos por el mundo han sido más estudio que peregrinación, y que me tienen en prisión y destierro más lo desapacible de mi verdad que mis delitos”.
Comienza Grandes anales de quince días, que sigue redactando hasta febrero de 1623. Va dedicada “Al que leyere” y fechada a 16 de mayo de 1621. A Quevedo, hombre público, intelectual celoso de que ocurría en su tiempo, particularmente cuando concernía a materias de religión y estado, le toca ser espectador del paso de la muerte de Felipe III al advenimiento de Felipe IV, una de las más hondas transiciones de nuestra historia.
En febrero de 1622, cogió unas tercianas (fiebres que repiten cada tres días). Las pasa canutas, ya que la ciencia de entonces –purgas, sangrías y orinalillo de oro para ver las aguas menores a simple vista- no hacía milagros en ninguna parte. Según Pablo Antonio de Tarsia, su primer biógrafo, “pasó en la cura mayor peligro del que podía traerle el mal, porque por falta de médicos y botica y por una sangría que le hizo un barbero gañan, se vio muy mal parado”. Tanto, que el uno de marzo escribe al presidente del Consejo de Castilla sobre la imposibilidad de medios en la Torre para recobrar la salud, añadiéndole “haber visto muchos condenados a muerte, pero a ninguno condenado a que se muriera”.
A propuesta de la Junta que trataba las causas del duque de Osuna, el rey contestó de su puño y letra en 9 de marzo, escribiendo sobre la cubierta del documento de la consulta: “Esta bien”, con lo cual salió nuestro satírico a curarse a Villanueva de los Infantes”.
NADIE EMPIEZA A SER PORFIADO QUE SEPA DEJARLO
El primer documento notarial en que vemos a Quevedo llamarse “señor de la jurisdicción de esta villa”, es de 2 de mayo de 1622, título que la villa se guardaba muy bien de darle. Se continúa los pleitos ahora unas veces a instancias de los Justicias de la Torre para controvertir tal título que no aceptaban por razones todavía opinables; asciende a señor de vasallos, no por herencia, adquisición directa o real despacho, como se estilaba comúnmente, sino al socaire de una subasta pública, otras a propósito del nombramiento por parte de don Francisco de alcaldes y regidores, y otras a petición de Quevedo –las más- para esclarecer las cuentas que se le debían rendir o presentar demanda de ejecución contra los bienes y herederos de Alonso Abad por la posesión de un mesón.
Compone El Sueño de la muerte (desde 1631 recibió el nombre de Visita de los chistes), según consta en la dedicatoria del 6 de abril de 1622 en la Torre a doña Mirena Riqueza, anagrama que oculta el verdadero nombre de doña María Enríquez, dama de la reina. Una vez más, la “aldea” como el lugar de redacción de obras de cierto empeño.
QUEVEDO ALOJA AL REY EN SU CASA
DE LA TORRE DE JUAN ABAD
Cuando en febrero de 1624 el rey parte a visitar las costas de Andalucía, amenazadas por los ingleses, Quevedo lo acompaña en su viaje. Después de un alto en la Membrilla, “donde el sueño se midió por azumbres, y hubo montería de jarros, donde los gaznates corrieron zorras, hubo pendencias y descuidos de ropa. Concertóse el madrugar, y partimos para mi Torre de Juan abad, donde para poder su Majestad dormir, derribó la cama que le repartieron; tal era, que fue de más provecho derribada”.
Es fácil suponer que Quevedo cediese a Su Católica, Sacra y Real Majestad don Felipe IV su propia cama, aquella que menciona en una de las cláusulas del testamento original conservado hoy en su casa de la Torre; “Item declaro que en las casas de la dicha villa de la Torre de Juan Abad hay dos baúles de moscovia, que son sobre los que se arma la cama está lleno de papeles de importancia, se vacíen en un arca la cama, que el uno está lleno de papeles de importancia, se vacíen en un arca que está cerrada y la llave está en la mesa de los tornos y se haga inventario de todo con distinción y se traiga a esta villa y se entregue a el señor vicario de este partido para que la tenga en custodia y asimismo la cama ancha de los dichos baúles”.
Afirman testigos presenciales que la comitiva del Rey y sus gentileshombres y criados llegaba desde la Torre hasta la villa de Cózar, distante una legua. Las ordenanzas tendentes a moderar el gasto de la Real Casa ordenaban que sólo se sirviesen diez platos a la comida y ocho a la cena, y que a las raciones fuesen sencillas y no dobles. La misma ordenanza nos dice que un plato de cocido normal había de tener seis libras de carne. media de tocino y dos aves; un plato de pollo no había de tener más de cuatro pollos; uno de huevos no más de quince; y de cualquier pescado fresco no más de cuatro libras por plato; de ostras o lenguados no más de tres libras.
Visto todo ello, tratemos de imaginar lo que le costaría a don Francisco dar de comer a tal cantidad de glotones.
Conviene anotar aquí lo señalado en la sesión que celebró en la Corte el 10 de marzo la Junta de Reformación; los graves señores que la formaban habían que procurar, cumpliendo órdenes reales, librar de vicios públicos y privados todo el ámbito de la monarquía: “confirióse sobre de qué vicio más instante y de más fácil remedio se podría comenzar, y habiendo tratado de cuán extendido está el pecado de deshonestidad y amancebamientos escandalosos, se acrdó que comenzase de aquí la reformación”. En la Junta del domingo 24 de marzo, el Alcalde de Casa y Corte dice lo siguiente: “Las Ledesmas, la una está casada con un musico; no da escandalo de vivir mal; y por esto y por ser casada no se puede tocar en ella. La otra estaba amancebada con don Francisco de Quevedo y tienen hijos. Esta amistad, en cuanto a comunicación de pecado, está dejada, en particular ahora que él vive de asiento en la Torre de Juan Abad, y de presente está ausente en jornada de Su Majestad. Tendrase cuidado en volviendo, con ver si reinciden”.
APARTADO, MAS NO AUSENTE; Y EN SOLEDAD, NO SOLO
Entramos en años de nuevas polémicas que trascienden muchísimo, por ejemplo la entablada con ocasión de la propuesta carmelita de convertir a Santa Teresa en copatrona de España, junto a Santiago Apóstol.
Quevedo, defiende la vieja tradición de Santiago Apóstol, bajo cuya protección los montañeses, antepasados suyos, cristianos viejos, vencieron a los infieles, lo que pronto le va a llevar a tomar parte como caballero de Santiago en una de las controversias más encendidas de su tiempo, y el resultado de todo (no podía ser de otro modo) fue salir nuevamente desterrado de la Torre. Se tomó como pretexto su Memorial por el patronato de Santiago, impreso en febrero de 1628, por considerar grave desacato contra el rey –partidario con el Conde-Duque de poner al país bajo la doble protección –que consagrara la obra el Consejo de Castilla, erigiendo a sus ministros en tutores de la ley.
Quevedo, gran polemista encuentra en su nuevo destierro un espacio para sostener su defensa del patronato exclusivo de Santiago y una voz con qué hacerlo. Para ello opta por su mejor arma, la palabra, y escribe Su espada por Santiago. El poeta, si no era hombre para tolerar burlas de los demás, poseía el necesario donaire para burlarse de sí mismo. En este opúsculo se reconoce: “cojo y ciego, si lo negase, mentiría de pies a cabeza, a pesar de mis ojos y de mi paso”. Carta y obra, dirigida al rey y dedicada al Conde-Duque de Olivares, fueron remitidas desde la Torre, en un pliego cerrado, al doctor Álvaro Villegas, lejano pariente, Gobernador del Arzobispado de Toledo y uno de los hombres de confianza del privado, para que las hiciera llegar en Madrid a manos del valido.
El manuscrito es devuelto al autor, como se sabe, sin abrir, el 18 de mayo, por don Álvaro, nueve días después de que el propio arzobispo le escribiera: “Buena vida se goza Vm. en su aldea, bien tomara yo algunos de los ratos que a Vm. le sobran y los empleara de buena gana en este retiro, que ni es de ermitaño en la soledad ni de cortesano en la prisa con la que aquí se vive”, manifestándole la “grande imbidia del buen tiempo y quietud que goza “ en la Torre de Juan Abad, adonde lo había desterrado el de Olivares, con la colaboración, al parecer, del mismo don Álvaro.
La villa de Torre de Juan Abad, daba cobijo, ofrecía estancia y otros servicios a Teresa de Jesús, los días 15 y 16 de febrero de 1575, en su caminar hacia Beas de segura para fundar otro de sus conventos.
Quevedo y Santa Teresa, vidas ajetreadas y fecundas, de espíritu inquieto e indomable. Personajes incomodísimos debieron de ser para los gobernantes de la época.
Ni al escritor ni a la monja reformadora les dio miedo haber vivido ni dejar de vivir. La voz tensa y fuerte del moralista resuena en aquellos versos tremendos al todopoderoso Conde de Olivares:
No he de callar, por más que con el dedo,
ya tocando la boca o ya la frente,
silencio avises o amenaces miedo.
¿No ha de haber un espíritu valiente? ¿Siempre se ha de sentir lo que se dice? ¿Nunca se ha de decir lo que se siente?
La carta de Quevedo al Conde-Duque notificándole el escrito de Su espada por Santiago finaliza así; “Aquí solo en la Torre, hoy 5 de mayo 1628”. Tal vez las frases más expresivas de su sentir hacia su controvertido Señorío, sean estas: “Nunca me vi más acompañado que ahora que estoy sin otro. Puedo estar apartado, mas no ausente; y en soledad, no solo. El que sabe estar solo entre la gente, se sabe solo acompañar”.
LOS POETAS, CON LOS CASCOS,
OBEDECEMOS A LA LUNA;
CON LOS PIES, AL SOL
En la Torre, Quevedo encontraba el aislamiento –que no la soledad- que su ánimo atormentado y existencialista necesitaba. En este segundo destierro no da paz a su fecunda pluma y durante el otoño de 1628 redacta el Lince de Italia o zahorí español, en el que expone sus amplios conocimientos de los asuntos de Italia. Al final de este memorial dirigido al Rey con la intención de asesorar sobre los peligros de una guerra en las tierras italianas, vemos a don Francisco convertido en consejero suyo: le recomienda el acondicionamiento del puerto de Brindisi para atraer a él el comercio de Levante, en perjuicio de los venecianos. Aunque no se hace muchas ilusiones, ya que “sé de cierto -escribe- que todos acostumbran a ser más agradecidos a quien les da alabanzas que a quien les da consejos”.
Dos veces hemos visto le señalaron a Quevedo por cárcel la Torre de Juan Abad, pero si nos atenemos a sus palabras, aquellos forzados destierros fueron aprovechados por el escritor como unos agradables y provechosos retiros: “Este cimenterio verde, este monumento bruto me señalaron por cárcel: yo le tomé por estudio”, y en otro párrafo, jugando con las palabras: “Los jueces me han condenado a destierro de la Corte; yo a ellos a permanencia en la Corte y en la cortedad”.
Son muchas las resonancias histórico-literarias de esta comarca del Campo Montiel. No le sería fácil ni cómodo a don Francisco de Quevedo –“tartamudo de zancas y achacoso de portante”, se proclamaba-, en aquellos exilios ascender al cerro en el que se alza Joray, esta gran fortaleza cercana a la Torre, “era de moros donde decían haber un rey moro con cinco mil moros” – nos dicen las Relaciones Topográficas de Felipe II- para, una vez allí, el miope con la vista más aguda de las letras hispanas, recorrer la meseta y curiosear entre derrumbes. La osamenta magnífica y derrotada de los restos de Joray inspiraron en el poeta su celebrado romance: “Funeral a los huesos de una fortaleza que gritan mudos desengaños”.
Son las torres de Joray
calavera de unos muros,
en el esqueleto informe
de un ya castillo difunto.
Las dentelladas del año,
grande comedor de mundos,
almorzaron sus almenas
y cenaron sus trabucos.
Donde admiró su Homenaje,
hoy amenaza su bulto;
fue fábrica, y es cadáver;
tuvo alcaldes, tiene búhos.
Un manuscrito de la Biblioteca Nacional manifiesta que compuso Quevedo este romance “estando preso por los negocios del de Osuna”.
Para recuperar las joyas depositadas en el Consejo de Órdenes desde el proceso del duque, don Francisco se vio obligado a vender, el 2 de marzo de 1631, la vara de alguacil de la Torre a favor de Andrés González de Quintana; el precio se fijó en 11.000 reales, pagados en dinero, vacas y toros.
Poco después, el 29 de marzo la villa y Quevedo llevan a cabo un acto de transacción y concierto por el cual se comprometen a ajustar las cuentas mediante arbitraje, y a cumplir lo que de ellas resultase. Acerca de esto, escribe Quevedo al Conde-Duque de Olivares: “Excelentísimo señor: Ayer confirmó el Consejo la concordia que la Torre de Juan Abad y yo hemos hecho, con lo que se han acabado veinte y dos pleitos que tenía; y yo quedaré descansando en haciendo las cuentas de lo que me debe la villa….”
Después de varios intentos, el 15 de octubre de 1633 se juntan en la villa de la Torre de Juan Abad “a liquidar y ajustar la cuenta de réditos de censos que el concejo desta villa debe, los señores don Francisco de Quevedo y Villegas, Caballero de la Orden de Santiago, de una parte, y Juan de Bordillo y Diego González, Alcaldes ordinarios, Alonso de la Mata, Juan Alvarez y Martín Díaz Busto, Regidores, y Luis González Busto, fiel ejecutor, y en nombre y con poder del dicho concejo, de la otra, y así juntos se hizo la dicha cuenta en forma siguiente…” Al final de este arreglo, Don Francisco puso de su mano: “Cuenta y alcance que se me debe líquido 2.178.592 maravedís”.
Esta cuenta, exhumada de los viejos protocolos que la guardan, nos dice bien claro, con la seca aridez de sus números, que llevaba mucha razón Quevedo. Prestó los dineros su madre, y no cobró réditos; ni él ni su hermana Margarita vieron nunca una cuenta clara. De los cinco millones y medio de maravedíes que debió haber cobrado en treinta y dos años, sólo había recibido tres y medio escasos (González Palencia).
AQUÍ SE VIVE PARA SÍ MISMO
TODO EL DÍA, Y EN MADRID NI PARA SÍ
NI PARA OTRO
Quevedo, a partir de ahora, busca el mayor tiempo que tiene libre para venir a la Torre de Juan Abad, especialmente cuando empieza a fastidiarle la Corte: “Y créame vuesa merced, que aquí se vive uno para sí mismo todo el día, y en Madrid ni para sí ni para otro”. Se siente totalmente a gusto entre nosotros. Se observa en las mismas letrillas que compone, acude con frecuencia a Infantes a charlar con sus amigos y se identifica enteramente con su aldea; los testimonios recogidos en su epistolario así lo atestiguan.
Escribe a don Alonso Portocarrero (marqués de Villanueva del Fresno y Bancarrota, casado con doña Isabel de la Cueva, hija de don Alvaro de Zazán, primer marqués de Santa Cruz): “Yo me retiré a esta Torre para vacar a este negocio del ocio, y por gozar a mi gusto desa feliz ociosidad. Pero no pude vivir oculto muchos días, ni lograr un bien tan agradable; fui luego descubierto, aunque este pequeño rincón del mundo es ignorado de la antigua y nueva geografía. Mi destino ha querido que él esté en alguna reputación, después que yo vivo en él, y que haya perdido aquella dulce y tranquilidad oscuridad en que reposan las cosas desconocidas. Toda la prosa y todos los versos de la cristiandad han aprendido el camino: las paráfrasis y los comentarios, las arengas y los panegíricos arriban de todas partes. Se me hace mucho honor, lo confieso; esta persecución me es muy gloriosa, pero es persecución para un espítitu y no puede más. Yo me enfado y murmuro inútilmente contra esta gloria, y no hallo otro modo de ampararme y defenderme della, que salvándome en algún lugar privilegiado…”.
El 28 de enero, Francisco de Quevedo, Caballero de la Orden de Santiago, Señor de la jurisdicción de esta villa y Secretario de su Majestad, muestra una carta del Rey y cómo su majestad le manda acuda a su real servicio. Para acompañarle a la guerra y para costear los gastos que ésta le va a ocasionar solicita al Concejo setenta mil reales que se le deben de los réditos de los censos.
En nuestro archivo municipal en el “Libro de Acuerdos y Decretos”, se sento un decreto con fecha de veintiocho de enero de mil seiscientos treinta y cinco, en que “estado juntos en Ayuntamiento como se suelen juntar para tratar las cosas de los servicios de su magestad, el señor don Francisco de Quevedo hizo demostración de una carta la qual dixo ser del servicio de su magestad y que por ella se le da cuenta como su magestad le manda como Caballero acuda a su real servicio en esta presente ocasión de guerra en que su magestad se crehe saldrá por su persona a dicha guerra por tocalle el ir por su persona conforme a la calidad y llevar otras en su compañía además de sus criados… y por hallarse de presente desapercibido de dinero requirió a dicho ayuntamiento se le haga pago de mas cantidad de setenta mil reales que se le deben… y visto por el dicho ayuntamiento dixeron que como consta a dicho señor don francisco esta villa está muy pobre y no tiene de presente de qué podelle hacer el dicho pago… por la esterilidad de los tiempos y ganados y falta de los frutos propios… y abiendo de donde está presa esta villa de pagalle y esto respondieron decretaron y firmaron”.
No por fueros, pero sí pobre: “me hallo tan pobre y falido que, por no poder sustentarme en otra parte, vivo en este retiro”, Quevedo quedaría libre del servicio de armas.
Firme, nuestro escritor, en la relajación de su programa de vivir así, pasa el tiempo encerrado en su Torre de Juan Abad, se zambulle de nuevo en sus libros y no da paz su fecunda pluma. El 13 de marzo escribía a su amigo Sandoval: “Yo he trabajado valientemente y he acabado el Teatro de la Historia, obra grande, política y ética, con erudición sabrosa, por tener veras importantes, todas de novedad, asistidas de donaire bienquisto de lo severo del tratado”.
En cartas dirigidas de nuevo a don Sancho, se lamenta de sus cuitas para la cobranza de los censos: “V. m. habrá vuelto a lidiar con tramposos. Cosa en que yo me ejercito aquí, porque a plazos y a cumplidos no cobro sino enfermedades de las voces y cóleras que me ocasionan los deudores… La hacienda asistida es dos haciendas, y, dejada, ninguna. Yo lo aseguro con mi experiencia… Yo aquí, quedo cuidadoso entre libros y andrajos y cachivaches”.
QUIERA DIOS QUE A VUEVELENCIA
LE PAREZCAN LAS SALCHICHAS
POCAS Y CHICAS
En esta villa Quevedo se hizo hortelano. Tratando “de hacer un güertecillo” en su casa (el diccionario de Madoz afirma que era la más notable del pueblo), “por sacar de mal estado un corral”, pide, el 25 de enero de 1636, a Sandoval, un par de posturas de clavel, de peras bergamotas y de ciruelas de fraile.
Lo que perdía allá en la Corte, buscó para encontrarlo en este dulce retiro. Su habilidad de crear cierta correspondencia armoniosa entre el hombre y la naturaleza, le hace escribir para sí mismo: “recojo en fruto lo que aquí derramo, y derramaba allá lo que cogía”. Hasta llegar a sentencias que resumen su ideario neoestoico: “Los vicios escrudiñen los curiosos, y viva yo ignorante e ignorado”.
Y entre tanto, desde el puerto de Indias de Sevilla a la Corte, por el Camino Real de los carros, pasan por la villa los mil curiosos regalos que trae a España la flota de ultramar. Regalos para el Rey, como los que detuvieron un día a don Quijote, Sancho y Caballero del Verde Gabán. “Lo primero –escribe Quevedo a Sandoval- ha sido un carro con tres tigres y alhondras ricas de la China y colgaduras para el Buen Retiro, que invía desde Pirú el conde de Chinchón, Dios le guarde. Los tigres se van comiendo unos a otros, y el comisario es el verdadero tigre. Anda tres leguas en doce días, y aquí ha estado tres, dándose a tigres”. Ahora se acuerda Quevedo de que le faltan más árboles frutales para su huerto: “Olvidóseme suplicar a v. m. unas posturas de durazno”. Y más adelante: “Hoy ha pasado por aquí el marqués de la Flor, que ya, a falta de lugares, hay marqueses de Ramillete y Legumbres”. Y eso es todo. “No tengo más chismes…”.
Se conserva una carta del primero de febrero de 1636 a don Antonio Juan Luis de la Cerda, duque de Medinaceli, su amigo y último protector con este sustancial contenido “Excelentísimo señor: Remito a vuecelencia en este escaparate sesenta salchichas y dos liebres en cecina, invención mía, pero bien sabrosa. Quiera Dios que a vuecelencia le parezcan las salchichas pocas y chicas”.
Gracias a las gestiones del duque pudo salir Quevedo de su larga prisión en San Marcos de León. La protección amistosa a don Francisco no se interrumpió con la muerte del escritor, sino que se prolongó en la edición póstuma de sus obras. Forma los tres últimos tratados de la primera parte de la Virtud militante (contra las cuatro pestes del mundo: envidia, ingratitud, soberbia y avaricia, y cuatro fantasmas de la vida: muerte, pobreza, desprecio y enfermedad), y se los envía dedicados desde la Torre, el 4 de febrero.
Pasa nuestro escritor varios periodos de retiro voluntario en la Torre, largos meses de estudio y composición literaria. De esta actividad solitaria surge La Hora de todos y la Fortuna con seso, que consagra en 12 de marzo a su amigo don Álvaro de Monsalve, canónigo de la catedral de Toledo.
No permanece ocioso el poeta en su retiro y compone “A la Huerta del Duque de Lerma”, personaje admirado por él. El poema hay que fecharlo antes del 4 de marzo de 1636, puesto que ese día escribe al duque de Medinaceli acerca de la muerte del Lerma: “Viendo tan sola su huerta del concurso de las personas reales, que poco ha tanto frecuentaron; y desierta del mismo Duque, ha días que hice este soneto”.
Recibe don Francisco en su casa de la Torre la visita de amigos ilustres. Así lo relata a Sancho de Sandoval: “El Martes Sancto estuvo aquí el conde de Cabra. Iba llamado a Madrid, para que fuese a defender tierra de Murcia y Cartagena. Supo que yo estaba en la cama, vino a verme y estúvose conmigo tres horas”.
Con ocasión de las desastrosas tormentas e inundaciones de 1636, Quevedo dirá el 5 de noviembre, desde su Torre, a Sandoval: “… yo salí ya de Madrid, con sufragios como de penas. Dirá v. m. que este lenguaje es de fastidio, de harto de la Corte; y de verdad así hablara el mesmo día que llegué. Quedo en esta, su casa de v. m., molido del peor camino y tiempo que ha padecido nadie; vine en coche, en seis días, caminando sin dormir ni comer; tan anegado como si viniera nadando”.
“Yo, señor, tengo anegada la cueva de esta casilla, y ha mes y medio que no he salido sino a oír misa los días de fiesta, nadando. Escríbenme de Madrid ruinas de muchas casa y mucha gente ahogada. Aquí llegó ayer un hidalgo de Cáceres, de Adán, por haberle desnudado Guadalén y ahogádole la mula y hurtándole la maleta”. Y finalizar: “No olvida v. m. mi mal vicio, pues me envía tan buenos trebajos del tabaco”. Posiblemente sea Quevedo el primer clásico fumador del que se tiene noticia; su carácter combativo le lleva a decir al padre Pimentel, jesuita: “Nadie empieza a ser porfiado que sepa dejarlo. Es como el tomar tabaco. Yo soy ese tal”.
CON POCOS,
PERO DOCTOS LIBROS JUNTOS
En marzo de 1637 se encuentra Quevedo en Madrid. A poco de llegar, un hombre tan agitado como él, sueña constantemente con la quietud de la “aldea”. Existe una carta, escrita allí el 10 de marzo de 1637, donde el testimonio incontestable de las palabras de Quevedo desmienten la creencia, sustentada por la mayoría y ampliamente desmentida en su epistolario, de que nuestro poeta venía a la Torre de Juan Abad forzado siempre por destierros y pleitos y nunca por voluntad propia: “Yo deseo con toda la alma salir de aquí y irme a ese rincón”, un párrafo revelador, cargado de encarecimiento. Desea, mantenerse lejos de la Corte, y regresa a su lugar.
La estancia torreña, a pesar de los desasosiegos, era aprovechada por don Francisco como un agradable y provechoso retiro. Desengañado del mundo y en soledad, aprovecha las horas que huyen en la lectura y el estudio. Aquí compone esta obra maestra del conceptismo:
Retirado en la paz de estos desiertos,
con pocos, pero doctos libros juntos,
vivo en conversación con los difuntos
y escucho con mis ojos a los muertos.
Si no siempre entendidos, siempre abiertos,
o enmiendan, o fecundan mis asuntos;
y en músicos callados contrapuntos
al sueño de la vida hablan despiertos.
Las grandes almas que la muerte ausenta,
de injurias de los años, vengadora,
libra, ¡oh gran don Iosef!, docta laimprenta.
En fuga irrevocable huye la hora;
pero aquélla el mejor cálculo cuenta
que en la lección y estudios nos mejora.
Josef Antonio González de Salas, el intelectual más cercano a Quevedo durante estos años finales, que le está ayudando a recopilar su obra poética, afirma que “algunos años antes su prisión última, me envió este excelente soneto desde la Torre”. Quevedo fue poseedor de una enorme cultura y de un extraordinario conocimiento de la literatura clásica.
Su sobrino y heredero Pedro Alderete, en el prólogo de Las últimas musas castellanas, anota de su trabajo y dedicación diaria: “Su sabiduría fue conocida de todos, así antes como después de su muerte; y no sólo se valió la luz, capacidad e ingenio que Dios le dio, sino de sumo trabajo. Tenía una mesa con ruedas para estudiar en la cama; para el camino libros muy pequeños; para mientras comía, mesa con dos tornos, de lo cual son buenos testigos los mesmos instrumentos que están hoy en mi casa, en la villa de la Torre de Juan Abad”.
El abad italiano Pablo Antonio de Tarsia relata en la primera biografía del poeta, impresa en 1663, que visitó la casa del satírico en la Torre de Juan Abad el año 1658, poco después de su muerte. Allí pudo ver muchos papeles originales, obras y documentos, antigüedades y objetos de uso particular del escritor. De los datos que nos proporciona, se advierte en Quevedo la silueta de un hombre muy sobrio, pero que estudiaba y leía con tenaz constancia. Afirma su biógrafo que “no solo no desperdició momento de tiempo, antes le quitaba a las ocupaciones precisas, y necesarias, para emplearle en leer libros, y en hacerlos. Sazonaba su comida, de ordinario muy parca, con aplicación larga y costosa; para cuyo efecto tenía un estante con dos tornos, a modo de atril, y en cada uno cabían cuatro libros, que ponía abiertos, y sin más dificultad que menear el torno, se acercaba el libro que quería, alimentando a un tiempo el entendimiento y el cuerpo… Tenía una mesa larga que cogía el ancho de la cama, con cuatro ruedas en los pies, para llegársela con facilidad, despertando la noche para estudiar, y en ella muchos libros prevenidos, y pedernal, y yesca para encender la luz… Saliendo de la Torre de Juan Abad para ir a la Corte, o a otra parte, y en todos los viajes, que se le ofrecieron, llevaba un museo portátil, de más de cien tomos de libros de letra menuda, que cabían todos en una bisazas… Fue tan aficionado a libros, que apenas salía alguno, cuando luego le compraba… Juntó número de libros tan considerable, que pasaba de cinco mil cuerpos…”
Quevedo, observador, realista, agudo, se muestra siempre como un filósofo profundo que domina todos los resortes del corazón humano. Del trato que mantenía con los torreños, mereció que Tarsia dijera: “Hallábase Don Francisco muy bien en la solicitud, acompañada de sus libros, y sazonada con la docta comunicación de tantos autores, como tenía en su librería, no dejando a veces divertirse, intermitiendo el rigor de sus estudios. Conversaba con los serranos de la Torre de Juan Abad con igual llaneza que con los hidalgos della, tratando a todos los del lugar como a hijos; y usaba de tal moderación y templanza con algunos testarudos que se le oponían en las cosas tocantes al gobierno y jurisdicción, que solía llevar por chanza los pesares, rompiendo con blandas respuestas lo más duro de un corazón enojado, siguiendo el consejo del sabio en los Proverbios: La respuesta blanda quiebra la ira, y las palabras ásperas despiertan furor. A un vecino, que le dijo que si no se componía con ellos, vendería sus hijos para ponerle pleito, respondió: Los hijos bien los podréis vender; pero no digáis cuyos son, porque no darán una blanca por ellos”.
Le requiere el duque de Medinaceli y marcha con él en abril de 1637 a su palacio de Cogollado. Allí enferma de gravedad y, durante varios meses, está en peligro, con fiebre alta. Por fin puede regresar a Madrid, de paso para refugiarse y convalecer en su villa de Torre de Juan abad. Aquí se abandona a la alegría de los campos, de la naturaleza. El 23 de diciembre notifica a Sandoval su mejoría: “Yo estuve en Cogollado muy malo, y, con no curarme, sané de las calenturas; empero desde mayo hasta octubre quedé tullido rematado. Con salir de Madrid y estar en este yerno, he dejado ya la muletilla y me voy restaurando, que aquí no me corro de hacer pinitos ni de andar a trompicones… Yo, señor, voy ya convalecido valerosamente con el ejercicio que hago por estos campos algunos días…”.
Noticia, juicio y recomendación de la Utopía de Tomás Moro; está firmada en la Torre de Juan Abad, el 28 de septiembre de 1637. Prologa Quevedo la traducción que de la obra del canciller de Inglaterra hizo Jerónimo de Medinilla y Porres, caballerizo de Felipe IV y gobernador del Campo de Montiel. En la corta introducción, nuestro escritor recomienda ardientemente la lectura del libro, y nos dice en una parte del texto: “el libro es corto, mas para entenderlo como merece ninguna vida será larga”.
En el archivo municipal se conserva, con fecha 25 de octubre de 1639, una carta de poder de Francisco de Quevedo a Francisco Gómez de Albarado, administrador de los propios y rentas de la villa, para que le represente en el pleito que tiene con Juan de Bordillo, hidalgo y escribano de la villa, sobre deuda de maravedíes.
Al día siguiente, poco más de un mes antes de la detención de Quevedo (el 7 de diciembre) y de su encarcelamiento en San Marcos, de León, acaso como preludiándose ya la pérdida del favor real, rebrota el pleito sobre la jurisdicción de la Torre, pero con un aspecto nuevo. Ahora es el Fiscal del Consejo de Órdenes quien alega que no había podido venderse ni traspasarse la jurisdicción porque pertenecía a la Orden de Santiago.
El viernes anterior al 6 de mayo de 1642, se pregona en Madrid un bando real “en que se manda que todos los moradores de estos reinos, naturales y extranjeros de todos estados sin excepción, dentro de diez días registren las armas ofensivas y defensivas que cada uno tuviese suyas, empeñadas, prestadas o en guarda, como son mosquetes, arcabuces, carabinas, tercerolas, pistolas cortas y cualesquier armas de fuego, picas, albardas y otras armas, enastadas, montantes, espadas, broqueles, rodelas, morriones, petos, espaldares, cotas y otras cualquier género de armas ofensivas y defensivas, so grandes penas”.
Bando real que también es pregonado “en la plaza pública por Boz del pregonero desta villa de la Torre de Juan Abad”. conforme acredita la diligencia que su escribano inserta al pie del acuerdo del Concejo e Regimiento della, fecha 15 de mayo de 1642, en el que “mandaron se registren dichas armas sin escetar cosa alguna dentro de seis días”.
Pedro Abarca y Luis González, alcaldes ordinarios de la villa, declaran cada uno de ellos una espada y una daga. El vecino con el arsenal mejor provisto resulta ser Juan de Bordillo, que registra una escopeta, dos espadas, una alabarda, un casco y un broquel. En el tercer lugar del Registro de armas, encontramos un asiento que dice: “Francisco Gómez, administrador, registró dos escopetas largas, una espada, un broquel, que tiene en su poder del Sr. don Francisco de Quevedo, caballero de la Orden de Santiago. Más registró el dicho, una escopeta y un broquel de hierro milanés, una espada y una daga suyos”.
Se suprime en este asiento el inseparable título de “Señor de la Jurisdicción de esta villa”, lo que se hace no por simple omisión, sino por haber sido despojado Quevedo del Señorío por el Real Consejo de Órdenes, a raíz de su prisión en San Marcos de León.
LA HABLA ME DUELE
Y LA SOMBRA ME PESA
Después de haber salido de su prisión el siete de junio de 1643, a la caída de Olivares, se reconoce de nuevo a Quevedo la posesión de la jurisdicción el 23 de diciembre de 1643, confirmado el auto definitivamente el 9 de junio de 1644. Muere nuestro escritor en 1645. Se enzarzan los herederos y el concejo en nuevos pleitos por el censo y la jurisdicción hasta el año 1773, que sepamos. En la descripción de la Torre de ese año, conservada en el Archivo Histórico Nacional (Consejo de Órdenes. Santiago. Leg. 5.336), se consigna que “… tiene empeñada su jurisdicción en cuatro mil ducados, desde el tiempo que vivió el célebre Dn Francisco Quebedo y Villegas, y oy a recaído en Dn Tomás Bustamante Quebedo, natural de Alceda en las montañas de Burgos”.
Permanece Quevedo cuatro años preso, sin ser juzgado, encerrado en un calabozo en las afueras de León, sufriendo dolorosa prisión.
Escribe el 25 de septiembre de 1643 una carta desde Madrid añorando estos lugares: “Deseo desenredarme desta incomodidad alegre que llaman Corte, para respirar los aires de esa tierra”. Cansado de esa incomodidad y anhelando desembarazarse de ella, decide el escritor abandonar Madrid y cobijarse en la Torre de Juan Abad.
Después de muchas otras veces, aquí llega envejecido, desengañado, casi ciego, para poner en orden su vida y sus papeles.
Tan mal estaba, “que la habla me duele y la sombra me pesa… Su quebrantada salud, por las secuelas de la horrorosa prisión de San Marcos, se reponía en su tan alabada aldea: “… llegué a esta villa con más señales de difunto que de vivo. Mas, con la vecindad de Sierra Morena, que es muy templada, y la quietud y el regalo de la caza, quedo hoy mucho mejor y más alentado…, voy algo mejor cada día y me son medicina la soledad y el ocio, que me descansan de lo mucho que padecía en Madrid”.
En la Torre se repone poco a poco, sale a cazar con su espléndida colección de armas, de la que se siente, con razón, orgulloso. En una de las mandas del testamente deja al platero Juan Ramírez: “una escopeta con una llave de rabo de alacrán, con sus herramientas, que se entiende martillejo y burjaca y bolsa y frasco”. Y para terminar de reponerse hace matanza. Lo explica así en noviembre de 1644, a su amigo de Madrid, y secretario del rey, don Francisco de Oviedo: “Lo que de nuevo hay por acá es que yo he muerto dos puercos; y entre chicharrones y morcillas y longanizas, estoy preparando la mejor ortografía de las ollas”.
Entre las últimas escrituras de un deteriorado libro, custodiado en el archivo municipal de Torre de Juan Abad, formado por más de doscientos folios cosidos a mano, que recoge las comparecencias ante el escribano público para otorgar testamentos, poderes, escrituras de compraventa, etc, del año 1644, se encuentran otras dos firmas de Quevedo.
Una, al pie del recibo que acredita haberle sido entregado por el Concejo, Justicia y Regimiento de la Villa y por Juan Clemente, depositario de las dehesas y arbitrios, 1216 reales a cuenta de lo que se le debe de los réditos de los censos que contra el Concejo tiene. Es de fecha 22 de noviembre de 1644. La firma estremece por la fidelidad con los rasgos acusan la decrepitud del prematuro anciano en que le había convertido la prisión; es temblorosa, vacilante, parece como si estuviese trabajosamente trazada por el titán que, aunque caído, se esfuerza por ser todavía el de los tiempos de vida y lucha poderosa. Pese a tanto infortunio, el inacabable Quevedo no puede caer sino con declinar luminoso.
La que consideramos última firma de Quevedo en el archivo municipal de la Torre está en el poder que otorga a favor de Sebastián Martínez, para que le represente ante cualquier justicia, pedir ejecuciones contra sus deudores, poner y quitar demandas, querellas y acusaciones… Fue otorgado en 6 de diciembre de 1644. Aunque dice no poder leer ni escribir, han mejorado tan notablemente los trazos de esta última firma que asombra cómo corresponden con la mejoría de ánimo.
La luz dulce y apacible del Campo Montiel, ilumina los debilitados ojos del gran poeta y dicta la segunda parte de la Vida de Marco Bruto, obra que la muerte no le dejó terminar. De ahí se han extraído algunos de los pasajes más representativos de Francisco de Quevedo: “Perder la libertad es de bestias; dejar que nos la quiten, de cobardes. Quien por vivir queda esclavo, no sabe que la esclavitud no merece nombre de vida, y se deja morir de miedo de no dejarse matar”.
Quevedo fue uno de esos escritores que tuvo tiempo y serenidad para mitad hacia atrás antes de morir, quizá porque la obsesión de la muerte le había venido acompañado desde hacía mucho. Y en esa mirada se reconcilia, ajusta las paces consigo mismo y escoge estos lugares para escenario de su postrera meditación:
Llenos de paz serena mis sentidos,
y la Corte del alma sosegada,
aquí solo conmigo
la angosta senda de los sabios sigo.
No lloro lo pasado,
ni lo que ha de venir me da cuidado,
aquí, del primer hombre despojado,
descanso ya de andar de mí cargado.
Tú, pues, oh caminante que me escuchas,
no hagas de otro caso,
pues se huye la vida paso a paso;
y en mentidos placeres
muriendo naces, y viviendo mueres.
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