ANILLA, DAME ATENCIÓN (682)



ANILLA, DAME ATENCIÓN (682)

ENCARECE LA HERMOSURA DE UNA MOZA
CON VARIOS EJEMPLOS, Y AVENTAJÁNDOLA A TODOS



Anilla, dame atención
que es dádiva que no empobra,
mientras que, cultipicaña,
mi musa se desabrocha.


Sansón, que tuvo la fuerza
(como el paño de Segovia)
en el pelo, cuyo pulso
ni con Galeno se ahorra;


el que con una quijada
mató tantas mil personas
(si fue de suegra u de tía,
lo mismo hiciera una mosca);


el que a leones fruncidos
los desgarraba las bocas,
cuyo calor digiriera
un locutorio de monjas;


éste, pues, años pasados,
según cuentan las historias,
se enamoró de una niña,
cejijunta y carihermosa.


Cuerpo a cuerpo, cierto día,
le desafió la tronga
con poco temor de Dios,
armada de saya en tocas.


Él, fiado en sus vedijas,
a lo zamarro buscóla,
y enfundándola las faldas
con la greña de su cholla,


sin temer que tijeritas
le trasquilasen la morra,
habiendo echádose al buz,
se levantó de corona.


Mas levantóse tan débil,
que le pesaba la sombra;
y fue un estuche armería
contra el vencedor de tropas.


Usábanse filisteos,
que no se usan agora
(puede ser que en Portugal
algunos de ellos se escondan).


Sacáronle los dos ojos,
y sospecha cierta glosa
que se los habia sacado
la tal por galas y joyas.


Él se quedó a buenas noches,
y acostada la persona,
tentando con un bordón
y viviendo de memoria.


Por no se haber inventado
el pregonar de las coplas
pronósticos y almanaques,
no se valió de su prosa.


Calla callando se estuvo
hasta que creció la borra
y sintió que de sus fuerzas
le daban nuevas las corvas.


Y viene, y toma, y ¿qué hace?,
y ¿qué hace?, ¿viene, y toma?,
sino aguarda que se atieste
de gente la sinagoga.


Luego, abrazando columnas,
como si abrazara mozas,
juntó en un requiem aeternam
el suelo y las claraboyas.


Dejólos hechos tortilla
de narices en las losas,
y quedóse entre la gente
de amarilla ejecutoria.


Desde entonces se le lucen
en el pelo, al que enamora,
las tijeras de las niñas,
que les trasquilan las bolsas.


Pues, Anilla, verbi gratia,
si a las fuerzas más famosas
rindió Dalila en Sansón,
siendo blanca, rubia y roma,


¿qué defensa tendré yo
contra ti, que eres Sansona
de la belleza, que a la alma
con luces y rayos corta?


Aguileña y pelinegra,
¿y en qué pecho no harán roncha
esos dos ojos jiferos
de la carda y de la hoja?


¿Cómo de tu boca, Oriente
que está chorreando auroras,
podrán escapar mis rentas,
sin salir trasquilimochas?


Cátate aquí que me ciegas,
ves aquí que palpo sombras;
y si no lo has por enojo,
que rezo y pido limosna.


Asiréme a las colunas,
cuyas servillas por horma
tiene[n] un piñón, y en tierra
daré con todas mis glorias.


Fue Hércules cazador
de vestigios y de gomias,
viendo que sierpes y hidras
no hay demonio que las coma.


Conocido por la maza,
como si fuera la mona;
hombre de Carnestolendas,
con «Daca lo que te estorba»;


muy preciado de trabajos,
que es una muy buena cosa;
ganapán del Non plus ultra
y esportillero de rocas;


después de haber desuñado
a la selva Calidonia,
y sacado los colmillos
al que en Erimanto rozna;


muerto al hijo de la Tierra
con zancadilla de horca,
pues con los pies en el aire
sus brazos le fueron soga,


dio con todas sus bravatas
y con tantas valentonas
en Ioles, una mozuela,
ni bien cuerda ni mal loca.


Ésta, pues, quiso vencer
al que vencedor se nombra;
y a tan honrada zalea
se puso a hacer la mamona.


Embutióle en una saya
piernas y patas frisonas,
y tabicóle con yeso
de sus mejillas la alhombra.


Púsole una gargantilla
en su Garganta la Olla,
tinajas por arracadas,
y por tembladeras, horcas.


Engalanóle las liendres
con lazadas y con rosas,
y espetándole una rueca,
el jayán hilaba estopa.


Diole por huso una viga
con quintales de mazorca,
y enseñósele a bailar,
a manera de peonza.


Era de ver al salvaje,
hecho una Parca barbona,
escupiendo las pajitas
con la jeta melindrosa.


Descalzábase de risa
con verle, la picarona,
besar la estopa fruncido,
que parece que la coca.


Con las barbas y el hilado
pudieran echar ventosas.
¡Oh, lo que se holgara Caco
si le viera con ajorcas!


De celos de estas finezas,
otra maldita mondonga
una camisa le viste,
tejida con peste y roña.


Murió el asnazo en camisa.
Aplícalo, Anilla, agora,
pues en camisa me dejan
tus embestiduras sordas.


Hilé; y si hubiera hilado
delgado, en dar lo que achocas,
la encamisada de Alcides
no celebrara mis honras.


Yo me doy por bien desnudo
de tu bandolera sorna:
acuéstala; mas no entierres
la desnudez que ocasionas.


Si la luz trujo arrastrando,
como otros suelen la soga,
tras Dafne el Sol, cuadrillero
con más saetas que joyas;


si la corrió como liebre,
y se corrió como zorra
de que la dijese: «Aguarda»,
y no la dijese: «Toma»;


y si en competencia tuya
era Dafne carantoña,
ninfa que los escabeches
y las aceitunas ronda,


siendo tú el sol, ¡con cuál ansia
volaré yo cuando corras,
pues con las alas del viento
pensaré que llevo cormas!


No te transformes en árbol;
mas, si en árbol te transformas,
acuérdate del ciruelo
y del que lleva bellotas.


En precio se llovió Jove,
para gozar a la otra,
que en la torre, como tordo,
pasaba la vida tonta.


Para ser bien recibido,
el dios se vistió de bolsa;
bajó en contante del cielo,
y a lo mercader negocia.


Sabe que temen sus perros
más que los rayos que arroja;
que numerata pecunia
no le renuncian las novias.


Vino en paga, y vino bien;
que tiene muchas quejosas,
y al Tonante sin dinero
le llamaran Pocarropa.


Habló por boca de ganso
a Leda, y con la tramoya
de plumas blancas y pico,
dios avechucho, engañóla.


Pagó, cual si fuera invierno,
en niebla a otra dormilona;
y de puro bien mojada,
quedó buena para sopa.


Pues si era Dánae mujer,
cual vinagre por arrobas,
en solas las piernas magra
y en todo lo demás gorda,


¿con cuánta mayor razón
me desharé en lluvia roja
sobre tus faldas, y en minas
podrás decir que me cobras?


Convirtióse en «¡Úcho ho!»
el mismo dios por Europa:
que se convirtió más veces
que una mujer pecadora.


Y con su moño de cuernos
y con su cabeza hosca,
con su nuca y pata hendida
(muy toro en las demás cosas),


junto toro y toreador
(¡quién vio cosa tan impropria!),
para ponerla el rejón,
a la muchacha retoza.


Ella, que era agradecida
de sofaldos y lisonjas,
en vez de arrojarle capas,
sus proprias faldas le arroja.


Mujer que, por pasearse,
en un toro se acomoda,
¿qué hiciera por ir al Prado,
hartándose de carroza?


El dios Toro, como bobo,
del mar se llegó a las ondas,
y dejando atrás la orilla,
empezó a tomar la boga.


Hízose nave cornuda,
hizo la cabeza popa,
de sus cabellos la vela,
y de sus ancas la proa.


El mar, alcabuete entonces,
hizo colchones las olas;
que ya, por padre de Venus,
le tocaba la coroza.


Porque no se marease,
enderezó su corcova
la mareta, y esclavina
pareció la orilla en conchas.


Neptuno, en viéndolos, dijo
a gritos: «¡Ande la loza!»
que la loza, en los refranes,
las piernas nunca las dobla.


Tomo tierra en una isla,
y luego en tierra tomóla,
y con huéspedes y güesos
dejó el vientre a la chicota.


Pues si por una gabacha,
entre vaca y entre tora,
el grande Júpiter brama,
a riesgo de que le corran,


por ti, que retas los signos
con los que cierne tu cofia,
cuyo talle y cuyo brío
no es nísperos lo que mondan,


convertiréme en ceniza,
pues tus soles me abochornan,
aunque el miércoles Corvillo
entre las cejas me ponga.


Paris el catarribera,
que en Ida juzgó a las diosas
y dio a Venus la manzana,
viendo a Palas en pelota,


si te viera, de su pomo
a nadie diera chichota,
que a las otras le tirara
y a ti te le diera sola.


Quedaran por marimantas,
y a tu luz por mariposas,
y a la buscona de Chipre
sin duda la diera cola.


Y, al fin, más que cien mil ninfas,
valen, Anilla, tus lonjas,
pues barbas jurisjüeces
sabes gastar, por escobas.


Más vale un bullicio tuyo
que cuantas metamorfosias
en las cañas flautas silban
y en las abubillas roncan.


Los botes de tu mirar
no hay corazón que no rompan,
ni talego que no chupen
ni joyero que no sorban.


Yo lo digo, y si dijere
algún filósofo en contra,
sin exceptar a ninguno,
le desmiento por la potra.